Erase
una vez un príncipe que se quería casar con una princesa de un
reino vecino, que era muy bella y muy buena. El reino del príncipe
estaba gobernado por su madre, ya con una edad avanzada. El príncipe
tenía un hermano menor, muy envidioso y malo, que quería ser el rey
de la forma que fuera.
Todos
los días, el príncipe, se montaba en su caballo y salía al
encuentro de la princesa en un bosque que estaba situado en mitad de
los dos reinos.
Una
tarde, el hermano raptó al príncipe con ayuda de dos hombres que
contrató y lo encerró en las mazmorras del castillo. Se vistió con
la ropa del príncipe y salió con el caballo, también del hermano,
al encuentro de la princesa. Ésta estaba sentada en una roca entre
unos árboles.
El
hermano se colocó detrás y la cogió por detrás y la ató de manos
y piernas. Se la llevó a una cueva y la escondió allí. Al día
siguiente, la reina al no ver a su hijo, mandó buscarlo en el
castillo. Los guardias reales buscaron por todas las habitaciones del
gran castillo y no lo encontraron. Pero cual fue su sorpresa que al
pasar al lado de las mazmorras escucharon una voz. Bajaron y se
encontraron al príncipe atado con unas cadenas. Lo liberaron y lo
llevaron a la habitación de la reina.
Allí,
este le contó lo sucedido, y la reina mando buscar al hermano. Le
preguntaron que qué había hecho con la princesa y no contaba nada,
solo reía. Al cabo de un rato, al estar amenazado con la muerte,
contó la verdad, y el príncipe salió con su caballo hacia la
cueva.
Allí
encontró a la princesa enferma, la subió en su caballo y la llevó
al castillo.
Estuvo
una semana cuidándola y sanó. A la siguiente semana se casaron. Fue
una boda preciosa, con un gran banquete y muchos invitados de los
reinos vecinos.
El
hermano del príncipe permaneció el resto de su vida encarcelado, y
el príncipe fue nombrado rey y por fin vivieron felices y contentos.
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